Desde Fornells, los entrantes del norte regalan paredes miel sobre agua esmaltada. Menorca exige cuidado con tramontana; al ocaso, suele conceder tregua. Una familia local nos enseñó un recodo donde la roca refleja doble y parece puerta a otro mundo. Fondea en arena clara, mantén silencio y deja que las primeras estrellas compitan con velas fondeadas. La sensación de alargar la tarde allí es casi un hechizo compartido, sencillo y profundo.
Acercarse a Formentor cuando el sol baja es ver el faro convertirse en aguja dorada. Las corrientes pueden armar juego cerca de los acantilados: mantén distancia prudente y cámara lista. En una ocasión, un banco de nubes altas actuó como difusor natural, regalando una media hora extra de luz cremosa. El regreso hacia Pollença, con olor a pino y grillos encendiendo su concierto, es una despedida lenta que sabe a promesa de retorno.